La prensa, el gran problema que enfrenta Puerto Rico

Puerto Rico vive una crisis constante y profunda, una crisis que rara vez ocupa titulares o espacios de análisis serio en los principales medios de comunicación. No es solo una crisis económica, política o social; es una crisis espiritual y moral que nace del distanciamiento de Dios y se fortalece en una cultura dominada por el amor al dinero, al poder y a la influencia.
El periodismo en Puerto Rico no ha sido ajeno a esta realidad. Por el contrario, en muchos casos se ha convertido en un reflejo directo de ese mismo desenfoque moral. Se trata de un periodismo que ha olvidado su función esencial de servir al bien común. En lugar de orientar, confunde; en lugar de edificar, erosiona; en lugar de aportar soluciones, se limita a señalar fallas. Es un periodismo que encuentra mayor valor en el escándalo que en la verdad, y mayor rentabilidad en el conflicto que en la reconciliación.
Se privilegia la noticia negativa, la controversia y la confrontación, mientras se ignoran historias de transformación, de servicio y de esperanza que también forman parte de la realidad del país. Cuando ocurre algo bueno, se minimiza o se descarta por no generar clics, audiencia o rating. Sin embargo, cuando surge lo malo, se amplifica sin medida, aun cuando su repetición constante contribuya al miedo, la desesperanza y el desgaste emocional del pueblo.
Bajo el discurso de la “fiscalización”, muchos medios han normalizado una narrativa que contamina las mentes y los hogares de los puertorriqueños. Se fiscaliza sin contexto, sin balance y, en ocasiones, sin responsabilidad. Se juzga con ligereza, se condena antes de escuchar y se crea una cultura donde la sospecha permanente sustituye al análisis serio. Cuando se presenta la oportunidad de promover valores, de sembrar fe, de recordar principios éticos y morales que sostienen a una sociedad, se opta por el silencio o la indiferencia.
Este periodismo rara vez se mira a sí mismo. La autocrítica es escasa y la responsabilidad casi inexistente.
Los errores se justifican, las narrativas se defienden y la culpa siempre recae en otros: en el gobierno, en la iglesia, en la familia o en la sociedad. Mientras tanto, se pierde el foco de su verdadera misión y se consolida una práctica mediática desconectada del impacto que tiene sobre la vida colectiva.
Ante este panorama, se hace urgente el surgimiento de nuevas voces y nuevos medios de comunicación. Medios que fiscalicen con rigor, pero también con justicia; que informen con firmeza, pero con humanidad; que entiendan que su poder conlleva una responsabilidad moral y social. Medios que reconozcan que informar no es solo denunciar lo que está mal, sino también visibilizar lo que está bien y contribuir al fortalecimiento del tejido social.
Es tiempo de un periodismo cuyo mayor interés no sea la ganancia económica ni la agenda ideológica, sino el bienestar del pueblo. Un periodismo que recupere su enfoque, su ética y su compromiso con la verdad, la esperanza y el bien común.



