Benito en el Super Bowl: de Espectáculo a Caballo de Troya

Cada vez que un puertorriqueño llega a un escenario global, el orgullo es casi automático. Y no es para menos. Nuestra idiosincrasia, nuestro idioma y nuestra creatividad han logrado una presencia innegable en los grandes espacios culturales del mundo. Eso no solo es legítimo; muchas veces es digno de celebrarse.
Pero conviene ser claros desde el principio: esto no es un debate sobre talento, éxito o representación cultural. Nadie está cuestionando el lugar de Bad Bunny en la industria musical ni su impacto global. El punto central es otro: el uso de los escenarios masivos como plataformas de división política, particularmente cuando esos espacios no están diseñados para eso.
El Super Bowl no es un concierto privado. No es un festival cultural niche. Tampoco es un foro político. Es el evento televisivo más grande de Estados Unidos. Lo ven familias enteras, niños, personas de todas las ideologías, credos y trasfondos culturales.
Precisamente por eso, esperar neutralidad ideológica no es censura; es respeto. Respeto a un espacio que no le pertenece a una causa, sino a una sociedad plural.
Cuando se elige a un artista con activismo político explícito, constante y hostil, el mensaje deja de ser entretenimiento. Se convierte en discurso, y no uno accidental. En ese punto, el medio tiempo deja de ser un espectáculo cultural compartido y pasa a ser un vehículo ideológico—Benito pasa entonces de ser un mero “performer”, a ser un caballo de troya.
El Super Bowl ha sido históricamente uno de los pocos rituales culturales que aún sirve como punto de unión para la población estadounidense. Por varias horas, millones de personas que no se ponen de acuerdo en casi nada, coinciden frente a la misma pantalla. En una sociedad cada vez más fragmentada, eso no es poca cosa. Usar ese espacio para mensajes políticos que intencionalmente buscan socavar divisiones, sembrar resentimiento nacional o erosionar la paz social está mal… venga de quien venga.
El problema de convertirlo todo en activismo es que, al final, nada une. La unidad entonces no es signa de ser procurada ni preservada. Cuando cada espacio se transforma en una trinchera, la sociedad deja de tener puntos de encuentro. Y cuando incluso el entretenimiento deja de ser refugio, lo que se rompe no es solo un espectáculo, sino la fibra misma de una sociedad civilizada.
Por eso, el debate no es si Bad Bunny tiene éxito. El debate es si el Super Bowl debe convertirse en un caballo de Troya ideológico.
Porque una cosa es celebrar nuestra cultura. Y otra muy distinta es usar el escenario más grande de la nación para calardivisiones en un espacio que, por definición, debería pertenecer a todos.
Y esa distinción —nos guste o no— sí importa.




sip… muy cierto
las cosas como son…💯