La violencia de la desesperación: Ante la encrucijada entre la justicia y el crimen

El pasado 5 de julio de 2025 en el pueblo de Arecibo Puerto Rico, se reportó un hecho que activó el debate sobre hasta donde puede llegar un padre cuando sus hijos están siendo abusados. Según se alega, el Sr. Miguel Ángel González Varela de 60 años, disparó mortalmente a Whisler Jared Rancel Galarza de 21 años, vecino y presunto agresor de la hija de 32 años de González Varela. El padre de esta joven actuó en lo que aparenta ser un momento de absoluta desesperación. La violencia que empleó posiblemente brota de un instinto humano y universal de proteger a los suyos. Al entregarse a la policía, González Varela buscaba asumir responsabilidad, pero a mi entender esto abrió un dilema ¿Que tanta fe debemos depositar en el sistema judicial cuando este tarda en actuar o deja a las víctimas sin cobertura?
Este suceso llega en medio de una creciente frustración ciudadana ante la incapacidad de las autoridades para prevenir y sancionar la violencia. El episodio trágico ocurrido en el municipio de Arecibo no es uno asilado, sino que es una gota en el océano de violencia que consume a Puerto Rico. Esto muestra que más allá de la violencia doméstica existe una violencia descontrolada y extendida que se paga con muerte y que golpea sin distinción. El caso de Arecibo más que un acto impulsivo, demuestra un profundo grito de desesperación. Un padre que sintió que tenía que intervenir de forma extrema.
¿Qué refleja este caso sobre Puerto Rico?
Este evento trágico me lleva a pensar en una posible radiografía de los sentimientos, pensamientos y actitudes de un gran sector del pueblo puertorriqueño:
- Desconfianza en el sistema judicial: Muchos ciudadanos no creen que sus denuncias tengan efecto. Esta desconfianza deja a las víctimas con sentimientos de abandono y desesperanza en el principio de que las leyes se aplican de forma igualitaria. Esto debilita uno de los pilares fundamentales de una sociedad democrática. Además, esta desconfianza se puede extender a otras agencias debilitando la cohesión social.
- Desbordamiento de una cultura de violencia hacia los hombres y las mujeres: No solo hay violencia contra la mujer por causa de su pareja. Algunas mueren por conflictos familiares y otras razones como el crimen (carjacking). Los hombres, especialmente los jóvenes también sufren violencia, aunque venga de causas distintas. No podemos decir que a los hombres no los mata su pareja porque minimiza una tragedia humana y no por eso sus muertes son menos válidas. Todas las muertes por violencia merecen acción y no solo las que encajan en una narrativa porque abandonamos a otros discriminándolos.
- Mentalidad de trinchera: Esta actitud se toma cuando cada uno actúa por su lado, formando una sociedad atomizada que reacciona con más violencia. También algunos podrían interpretar los hechos de violencia desde una perspectiva única sin disposición a escuchar o integrar varios puntos de vista. Esto crea una sociedad dividida más propensa al conflicto que al consenso.
Un llamado: Rompiendo el ciclo sin bala y sin ideologías
Para evitar que tragedias similares ocurran en Puerto Rico se necesitan mejores respuestas de la policía y del sistema judicial ante situaciones de violencia doméstica y violencia intrafamiliar. Se deben fortalecer los protocolos de respuesta, capacitando y dotando a la policía y otras agencias con presencia en las comunidades vulnerables. También se deben revisar los programas de prevención e invertir en políticas públicas con el Departamento de Educación y otras instituciones gubernamentales, agencias privadas y sin fines de lucro; con énfasis en la construcción de una cultura de resoluciones no violentas, con métodos científicos sin ninguna perspectiva ideológica. Además, se debe prestar atención especial a la población masculina joven donde la violencia letal es mas frecuente.
La situación lamentable ocurrida en Arecibo es un ejemplo crudo de los costos humanos de una justicia que parece lenta ante el dolor. También es un espejo de la profunda enfermedad social que vive Puerto Rico: una crisis de violencia en todos los ámbitos y donde todos pueden ser víctimas. El gobierno en unión a cada sector de la comunidad debe trabajar para demostrarle al pueblo que la justicia no es una bala al final del camino. El reto es construir una isla donde lo primero no sea sacar el puño o el arma, sino tener la libertad de denunciar y ser escuchados para que se haga justicia.




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