La ceguera que aplaude: cuando el entretenimiento no oculta el que se trate a la mujer como objeto sexual

En el dinámico escenario del entretenimiento contemporáneo, emerge un fenómeno que exige un análisis crítico profundo. Observamos cómo figuras de inmensa popularidad, de alcance local o internacional, impulsadas por ingeniosas estrategias de mercadeo, logran una validación masiva no solo de audiencias, sino incluso de grupos influyentes y organismos gubernamentales. No obstante, este éxito oculta una dualidad inquietante: algunas de sus expresiones artísticas, que aparentemente ensalzan sentimientos de pertenencia y cultura, y de celebrar la vida, se entrelazan de forma simultánea con temas que en un tiempo eran impensables, con referencias a la violencia, el consumo de sustancias y el contenido sexual explícito, entre otros.
La percepción social, en ocasiones, parece incurrir en una ceguera selectiva, manifestando una memoria efímera. Esto impide una apreciación clara de la ambivalencia calculada que opera en tiempo real dentro de ciertas narrativas artísticas. Es como si el pasado y el presente fueran redimidos sin un examen minucioso, normalizando mensajes que, al ser analizados, revelan una devaluación implícita de valores fundamentales.
La astucia creativa detrás de esta dinámica puede compararse con un “Caballo de Troya” lírico y musical. Elementos como la puesta en escena, la indumentaria, las marcas que auspician o apoyan, las celebridades que se insertan, los símbolos y las frases que evocan orgullo cultural, o de un grupo, funcionan como el vehículo ideal. Su propósito es introducir y normalizar mensajes que, de forma aislada, generarían un amplio rechazo.
Cuando un espectáculo de aparente exaltación cultural se fusiona con alusiones implícitas a la cosificación o la promiscuidad, se erosiona la imagen y la dignidad, especialmente la de la mujer, de manera sutil o no, y peligrosa.
El valor intrínseco de la mujer es opacado y diluido dentro de un “paquete con la etiqueta favorita del momento” que la audiencia consume con orgullo, convirtiéndose, a menudo, en cómplice inconsciente. Este fenómeno, validado incluso por esferas de poder, moldea la percepción pública y establece precedentes sobre cómo se valora y se representa a la mujer en la sociedad en general.
A esta compleja mezcla se suma un factor distintivo: una articulación verbal que, en ocasiones, pareciera deliberadamente deficiente, o un ritmo musical bien atractivo, difícil de olvidar, y aceptado. Más allá de ser un estilo vocal o musical, funciona como una niebla auditiva, una herramienta de negación plausible. Las letras más controvertidas se vuelven difíciles de discernir con claridad para el oyente casual, pero son perfectamente captadas por el público al que van dirigidas; se perdona la frase u oraciones inadecuadas porque el resto entretiene o emociona, o el ritmo fue un “hit internacional” y “nos pone en el mapa”. Esto crea un mecanismo de defensa efectivo para invalidar la crítica y proteger el mensaje subyacente para no desmantelar narrativas que, disfrazadas de cultura o tradición, buscan socavar su autoridad y valía. La aceptación masiva de estas expresiones envía un mensaje sobre las expectativas sociales y la tolerancia a la degradación.
El impacto de esta dinámica es significativo para la sociedad en su conjunto. No solo se expone a la audiencia a mensajes que pueden devaluar, sino que, por ejemplo, la propia estrategia y producción artística niegan, de manera implícita, el derecho a la mujer a sentirse ofendida. La celebración masiva, en este contexto, aplaude un presente que oculta sus implicaciones negativas a plena vista, incluso cuando organismos gubernamentales participan en su validación.
La pregunta fundamental que surge es: ¿Está la sociedad dispuesta a realizar la escucha crítica que se requiere, y a fomentar esta capacidad en las futuras generaciones, o preferirá la comodidad de un patriotismo y orgullo nacional musicalizado, o de una “auto celebración merecida”, sin considerar el costo oculto que esto conlleva para la cultura, la percepción social y, en última instancia, la posición y el respeto hacia la mujer en la esfera pública, privada, y social?
Fomentar una escucha crítica consciente es, por tanto, un imperativo. Su ausencia no solo perpetúa la cosificación, sino que compromete la construcción de una cultura donde el respeto y la dignidad de la mujer sean innegociables en cada ámbito.
Sobre la autora
Brenda Liz Ginés es asesora de imagen, comunicadora y conferencista. Desde 2007, guía a mujeres y líderes a proyectar una imagen digna, coherente y con propósito. Es fundadora de Mundo Femenino, Hombre Guapo y Alertas A.S.N. donde su labor incluye impulsar el rescate de la imagen femenina y masculina admirable, y crear conciencia para la protección de la inocencia de la niñez y adolescencia.
Brenda Liz Ginés, CIC | Asesora, Comunicadora y Conferencista de Imagen
www.mundofemeninopr.com
www.brendalizgines.com




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